La brevedad de la permanencia

Su mirada estaba ausente, le dolían los ojos de tanto mirar atrás. El ejercicio de recordar historias inevitablemente empapaba sus párpados. Una eterna enamorada de la nostalgia, nada más preciso para definirla que ese momentáneo placer encontrado en el sufrimiento de anhelar lo que ya ocurrió, lo que así como vino se fue.
Sus sentidos trascendían el paso del tiempo y podía oler el pasado en el aire que respiraba, bautizando la sensación como “olor a viejos tiempos” y jurando reconocerlo en culquier momento inesperado. También acariciaba anécdotas suavemente con la yema de sus dedos, las repasaba hasta el detalle una y otra vez incansablemente, cerrando sus ojos para así hacer del recuerdo algo más vívido. Simplemente ocurría que su espíritu no podía mantenerse presente, aún cuando lo intentara divagaba por calles antiguas de adoquines rotos en ciudades coloniales.
Por supuesto que escribía en papel, apreciando la lentitud de sus obras, el tacto de sus palabras, la inestabilidad de su letra a veces prolija pero ilegible cuando azotaba la inspiración. A pie recorría librerías olfateando impresiones nuevas aborreciendo su contenido, convencida de que todo lo que quería leer ya estaba escrito desde hace un buen rato.
Los domingos revivía viejos espíritus, de gente que ya no es la misma, personalidades que murieron con el paso del tiempo dando lugar a otras nuevas que ya no le interesaban tanto.
Su corazón latía un tango al ritmo de la ciudad que la vio nacer. La melancolía llevada en las venas. Tal vez su idioma mental solo se expresaba en pretérito perfecto simple: lo que ya ocurrió, lo que así como vino se fue.
Despreciando los cambios de estación, rehusándose a hechar vistazo al calendario, cierta vez le fue concedido un deseo. Dispuesta a tomar la oportunidad de respirar en sus recuerdos pidió volver al pasado, explorar sus rincones más lejanos y revivir historias tan borrosas que dudaba fueran ciertas.
El segundero marcaba los primeros instantes del nuevo milenio. Se encontraba tomada de la mano de sus hermanas en la terraza de la casa de sus sueños. Los fuegos artificiales manchaban el cielo dotándolo de color y el olor de una tibia noche de verano infló sus pulmones pero éstos no pudieron reconocer ningún olor, entonces suspiraron tristeza y borraron la sonrisa de su cara. El momento no era el mismo, también ella había cambiado. El pasado transformado en un presente momentáneo le dio a entender la brevedad de la permanencia. Tic, toc, tic, toc, el tiempo pasa y acarrea ausencia, metamorfósis en nuestros cuerpos y en el entorno. Tic, toc, tic, toc, extraño el sabor del primer verso de este mismo relato pero no puedo transcribirlo porque perdió sentido, ya no soy la misma.

 

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Isabelle Arsenault

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